Hubo un tiempo en que irse al pueblo era un fracaso o una condena. Hoy, si no tienes una foto recolectando tomates ecológicos o escribiendo tu próxima novela frente a un valle nublado, parece que no estás en la onda. El neorruralismo ha pasado de ser una necesidad vital a convertirse en el nuevo fetiche de la burguesía urbana. Pero, ¿cuánta verdad queda bajo el barro de estas historias de postal?
En los últimos años, el cine y la literatura se han llenado de relatos de «retorno». Desde el fenómeno editorial de Panza de burro o Un amor, hasta películas que barren en festivales bajo el sol de la España rural. En Kultureta nos preguntamos: ¿estamos conectando con la tierra o simplemente consumiendo el paisaje como si fuera un producto de Amazon Prime?
La Arcadia feliz (con Wi-Fi)
El problema no es el campo, sino la mirada. A menudo, esta nueva ola cultural nos vende una arcadia idílica donde los conflictos se resuelven con un silencio contemplativo y un pan artesanal. Es el neorruralismo de Starbucks: queremos la estética de la casa de piedra, pero nos horroriza el olor a estiércol o la falta de fibra óptica.
Esta visión romántica suele olvidar que el campo es, ante todo, dureza, aislamiento y una lucha constante contra la despoblación real, no la que sale en los reels de 15 segundos.
Cuando la cultura se limita a usar el entorno rural como un decorado emocional para crisis de identidad de gente de ciudad, estamos cometiendo una nueva forma de colonialismo estético.

El peligro del ‘Souvenir’ Literario
Muchos de estos relatos funcionan como un souvenir. El lector urbano consume la «pureza» del pueblo para sentirse menos alienado, pero sin mancharse las manos. Es una búsqueda de raíces impostada, donde lo rural se convierte en una terapia de mindfulness en lugar de un espacio político y social con sus propias reglas (y sus propias sombras).
¿Dónde están las historias del campo que no buscan ser «bonitas»? ¿Dónde está la precariedad de los jornaleros, la falta de servicios médicos o la realidad de una juventud que huye porque no hay futuro? A veces, entre tanto paisaje bucólico, se nos olvida que el campo no es un museo para que los modernos de Madrid o Barcelona vayan a «encontrarse a sí mismos».
Tres obras para bajar a la tierra
Si quieres neorruralismo del de verdad, del que escuece, te recomendamos:
- ‘As Bestas’ (Rodrigo Sorogoyen): Porque el campo también es hostilidad, frontera y miedo al forastero.
- ‘Feria’ (Ana Iris Simón): Para entender que la nostalgia no es un filtro, sino una cuestión de clase y familia.
- ‘Alcarràs’ (Carla Simón): La elegía definitiva a un mundo que desaparece bajo las placas solares, sin adornos.

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