¡Ay, Carmela! en el Teatro del Barrio: Entre la memoria musical y el eco de la guerra

Regresar a Belchite de la mano de Carmela y Paulino siempre es un ejercicio necesario de memoria. Ay, Carmela de José Sanchis Sinisterra es, posiblemente, uno de los pilares más sólidos de nuestra dramaturgia contemporánea: una tragicomedia que nos obliga a mirar de frente al miedo, la dignidad y el absurdo de la guerra.

En esta ocasión, el Teatro del Barrio acoge la versión dirigida por Yolanda Porras, con Paula Iwasaki y Guillermo Serrano sobre las tablas.

Música y emoción final en Ay, Carmela del Teatro del Barrio

Lo mejor de esta propuesta reside en su capacidad para transportarnos al «varietés» de la época. Cuando la obra se entrega al juego del teatro dentro del teatro, el montaje crece exponencialmente.

Paula Iwasaki despliega un potencial vocal impresionante; su voz se convierte en el refugio de la función, regalándonos números musicales que son, sin duda, el corazón latente de la obra. Es en esos momentos, cuando están preparando la velada para las tropas, donde la complicidad de los actores funciona con más fluidez y el ritmo se vuelve vibrante.

Mención especial merece el tramo final. La resolución dramática, cargada de simbolismo y llamada a la conciencia, está lograda con una sensibilidad que consigue apelar directamente al público, rescatando esa esencia tan necesaria de la memoria histórica que Sinisterra plasmó en el papel.

Una cuestión de intensidad y ritmo

Sin embargo, no podemos obviar que esta ‘Carmela’ transita un camino arriesgado en cuanto a su tono. El texto original de Sinisterra juega con la ruptura temporal y la abstracción, un lenguaje que requiere un equilibrio milimétrico para no perder el hilo narrativo.

En esta adaptación, la dirección ha apostado por una energía muy alta y un estilo marcadamente histriónico. Si bien es una elección artística lícita para subrayar la desesperación de los personajes, por momentos la intensidad de los gritos y la gesticulación excesiva pueden generar cierta desconexión en el espectador, haciendo que el argumento se diluya tras el ruido de la contienda.

Con una duración de dos horas, la obra se enfrenta al reto de mantener la tensión en un espacio casi vacío. En algunos tramos, el ritmo se resiente y la transición entre el amor y el enfado de los protagonistas resulta algo forzada, lo que puede hacer que la historia se sienta estancada.

Quizás una apuesta por la contención en ciertos pasajes habría ayudado a que los matices psicológicos de Paulino y Carmela brillaran tanto como lo hacen sus números musicales.

VALORACIÓN KULTURETA

🍺🍺🍺 (3/5 jarras)

«Un montaje que destaca por el talento musical de Paula Iwasaki y un final que toca la fibra emocional. Aunque la apuesta por un tono excesivamente histriónico puede dificultar el seguimiento de la trama para parte del público, sigue siendo una oportunidad para reencontrarse con un texto fundamental de nuestra literatura.»

LA NOTA INFILTRADA: El peso del clásico

¡Ay, Carmela! es un texto que ha envejecido con dignidad, pero que requiere una dirección muy precisa para que su abstracción no se convierta en confusión. El público del Teatro del Barrio, siempre fiel y entregado, pareció disfrutar de la entrega física de los actores, demostrando que Carmela sigue teniendo quien la quiera en Madrid.

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