La trágica noticia del fallecimiento de Glen Hansard a los 56 años en un accidente de tráfico en su Dublín natal nos ha dejado heladas. Se nos va uno de los últimos grandes trovadores de nuestro tiempo, un músico cuya autenticidad era tan aplastante que resultaba imposible no emocionarse cada vez que rasgaba las cuerdas de su icónica y desgastada guitarra acústica Takamine.
En Kultureta queremos despedirlo como a él le habría gustado: recordando el legado de un hombre que jamás olvidó de dónde venía y que demostró que la verdad artística siempre abre puertas, por muy altas que sean.
De las calles de Dublín a la leyenda de The Frames
Antes de los premios internacionales y las alfombras rojas, la voz de Glen Hansard pertenecía al asfalto de Grafton Street.
A los 13 años dejó la escuela para ganarse la vida como busker (músico callejero), perfeccionando una entrega vocal capaz de cortar el aire y sobreponerse al ruido de la ciudad. De esa urgencia por hacerse oír nació en los años noventa The Frames, una de las bandas de rock independiente más queridas e influyentes de Irlanda.
Canciones como Revelate o Fitzcarraldo se convirtieron en canciones generacionales en su país. Hansard no componía melodías complacientes; sus letras eran confesiones honestas, crudas y poéticas sobre la pérdida, el amor desesperado y la búsqueda de redención.
Once y Falling Slowly: El milagro de la sencillez
Aunque su estatus de culto ya era indiscutible en el circuito folk-rock, el punto de inflexión global llegó en 2007 con la película Once. Dirigida por su antiguo compañero de banda John Carney, la cinta —rodada con un presupuesto mínimo y cámaras de mano— era casi un reflejo autobiográfico de la vida de Hansard. Su química en pantalla y musical con la pianista checa Markéta Irglová dio lugar a The Swell Season y a una obra maestra indiscutible: Falling Slowly.
Aquel tema trascendió la pantalla. La escena en la tienda de instrumentos donde ambos componen y armonizan la canción por primera vez es uno de los momentos más puros e icónicos de la historia del cine musical.
Cuando en 2008 Falling Slowly se hizo con el Oscar a la Mejor Canción Original, ver a ese chico de calle dublinés subir al escenario del Kodak Theatre para decir sencillamente: «¿Qué hacemos aquí? Esto es una locura», se convirtió en una victoria para todos los músicos independientes del planeta.
Un compromiso intacto con la verdad
El éxito masivo y la posterior adaptación de Once a un laureado musical de Broadway no alteraron la brújula moral ni artística de Hansard. Continuó publicando discos en solitario de una belleza sobrecogedora (como Rhythm and Repose o Didn’t He Ramble), colaborando con amigos como Eddie Vedder y regresando cada Nochebuena a las calles de Dublín para cantar y recaudar fondos para las personas sin hogar.
En los últimos años, la paternidad y la madurez habían aportado una serenidad lumínica a sus composiciones, sin perder ni un ápice de esa pasión volcánica que exhibía en cada directo. Ver a Glen Hansard en concierto no era un mero recital; era una experiencia espiritual, una comunión colectiva donde te obligaba a cantar hasta quedarte sin aliento.
Un vacío imborrable
La música pierde a un gigante, pero sus canciones quedan grabadas para siempre en la memoria emocional de quienes encontramos en su voz un refugio en los días oscuros. Gracias por enseñarnos que basta una guitarra con la madera gastada y una voz sincera para mover el mundo.

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