‘Teoría King Kong’, el ensayo de Virginie Despentes, es un manifiesto que dinamita los cimientos del patriarcado desde la experiencia cruda, y su llegada al Teatro de La Abadía de la mano de La Virgueria no ha dejado indiferente a nadie. No es solo teatro; es un acto de guerra cultural.
Maria Pau Pigem y la Teoría King Kong
Si hay un motivo para no perderse Teoría King Kong es, sin duda, Maria Pau Pigem. La actriz no interpreta a Despentes, se transmuta en ella.
Durante una hora y cuarto, Pigem sostiene un monólogo exigente, marcándose un «papelón» con una evolución emocional llena de matices. Navega por las subidas y bajadas del texto con una energía arrolladora, logrando que el espectador no pueda apartar la mirada de esa «mujer King Kong» que nos interpela desde el escenario.
La adaptación de M. Àngels Cabré es todo un acierto: consigue destilar la esencia del libro y subrayar momentos clave que van más allá de la teoría. Pone el foco en el hueso del asunto —la violación, el deseo, el capitalismo y la libertad— con una crudeza que resulta tan incómoda como necesaria.
Minimalismo, videoarte y el conflicto con los objetos
La dirección de Isis Martín apuesta por una puesta en escena inteligente y contemporánea. Con solo cuatro elementos —una silla, una cámara, unos tacones y un martillo— se construye todo un universo simbólico.
Es especialmente interesante la integración de la cámara y el videoarte, que se funden de forma orgánica con la acción en directo.
Pero si hay algo que genera una tensión fascinante, es la relación de la actriz con la silla. Ese conflicto constante, ese intento frustrado de sentarse que no llega hasta que el mensaje cala, es una metáfora visual potentísima de la lucha por encontrar un lugar en un sistema que te expulsa.
VALORACIÓN KULTURETA
🍺🍺🍺🍺 (4/5 jarras. ¡No te lo pierdas!)
«Un monólogo salvaje, irreverente y profundamente honesto. Maria Pau Pigem brilla en una puesta en escena que utiliza el videoarte y el simbolismo de los objetos para lanzar un mensaje que te explota en la cara.»
EL PERO (con cariño)
Si tuviéramos que poner una pequeña pega constructiva, hacia el tramo final la obra parece entrar en un bucle de unos 10-15 minutos donde se reiteran conceptos ya expuestos.
Dada la densidad y la carga intelectual del texto, ese pequeño exceso de información puede llegar a agotar un poco al espectador, pero es un detalle menor que no empaña una experiencia teatral de primer nivel.

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