¿Qué haces cuando descubres a través de un vídeo viral en redes que tu hijo de 19 años es un militante de extrema derecha? Con este bofetón de realidad arranca ‘Saúl y la noche’ en el Teatro del Barrio, una obra dirigida por Beatriz Jaén que nos sumerge en uno de los conflictos más incómodos, actuales y dolorosos de nuestra sociedad: la ruptura absoluta del diálogo familiar por motivos ideológicos.
En Kultureta fuimos a verla un domingo a las seis de la tarde, con la sala llena y el ambiente expectante, y salimos con la cabeza dándole vueltas a la gran pregunta: una vez que se rompe una relación dentro de casa, ¿cómo se recupera?
Saúl y la noche: El día que se abrió la brecha
La trama nos presenta a Pepa y Dani (Pepa Zaragoza y Daniel Moreno), una pareja de actores de teatro, progresistas y de izquierdas. Su vida estalla cuando reconocen a su hijo Saúl (Marc Romero) participando en las violentas revueltas ultras de la Universidad Autónoma de Madrid.
El enfrentamiento cuando el chaval vuelve a casa es de una tensión dramática brutal. El chaval intenta esconderlo, pero la verdad sale a la luz y el padre explota con un demoledor «¡Eres un fascista de mierda!». A partir de ahí, el diálogo se rompe. Saúl entra y sale, siempre incómodo, blindado en sus ideas fachas.
Y aunque los padres intentan mantener esa incondicionalidad típica de «aquí tienes tu casa y te hago una tortilla», la realidad es que la brecha ya se ha abierto y, de manera muy realista, la obra no busca una reconciliación fácil.

El paréntesis del archivo: Teatro documental y memoria
Es aquí donde la propuesta se transforma de forma muy inteligente en teatro documental. Para intentar salvar esa distancia insalvable con su hijo, la madre se sumerge en una investigación profunda sobre la memoria de su propio abuelo, el yayo Vicente. Un hombre de campo, de un pequeño pueblo de Zaragoza, que luchó en la Guerra Civil, intentó huir a Francia y terminó pasando décadas encerrado en cárceles de toda España.
La madre nos cuenta a los espectadores (que no al hijo, porque no quiere ser dogmática) los archivos, las cartas y el legado de resistencia de la familia, guardándolo todo en una maleta con la esperanza de que, en un futuro, sea el puente que recupere a Saúl.
El momento emocionante
Hay una parte preciosa y muy íntima en la función: cuando la protagonista imita el acento aragonés de su padre y canta una jota. Es un momento bellísimo que a nosotras nos tocó la fibra de una manera muy personal, recordándonos directamente a nuestros propios padres y abuelicos. La raíz y la emoción en estado puro.
Una escenografía que engaña al ojo
Mención especial merece la sobria escenografía de Pablo Menor Palomo. En el escenario vemos una estructura totalmente abierta, sin paneles ni tabiques, que representa la casa y la habitación del hijo.
Una paradoja visual perfecta: la puesta en escena nos dice que «no hay muros», pero la realidad de esa familia es que los muros son gigantescos. El hijo se ha radicalizado en silencio dentro de su cabeza y la madre no sabe cómo transmitirle su propia historia. Todo se queda en un juego de palabras, de silencios y de silencios a medias.
VALORACIÓN KULTURETA
🍺🍺🍺🍺 (4 jarras: Una bofetada necesaria)
«Saúl y la noche es una obra valiente, delicada y muy necesaria que huye de los discursos dogmáticos. Un teatro documental que duele porque es real como la vida misma. Si queréis entender las brechas de nuestro presente mirando hacia nuestro pasado, tenéis que ir a verla.»

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