En su estreno, tuve la suerte de poder disfrutar de la actual propuesta de El Gran Gatsby – El Show que resulta que convierte el clásico de F. Scott Fitzgerald en una experiencia fundamentalmente visual y musical, donde la danza y la música en directo son el verdadero motor narrativo. Bajo la dirección y coreografía de Enrique Gasa Valga, el espectáculo aterriza en el Teatre Victòria con una gran producción internacional que apuesta más por la emoción estética que por la explicación textual.
Lejos de buscar una adaptación teatral convencional, la obra utiliza veinte escenas coreografiadas para recorrer el universo decadente de Gatsby: el lujo, el deseo, la obsesión romántica y el vacío escondido tras el brillo de los años veinte.
Un Gatsby sostenido por el talento escénico
Uno de los grandes aciertos del montaje es su protagonista, Locke Venturato. Su interpretación vocal transmite talento y presencia desde el primer momento, sosteniendo el magnetismo de Jay Gatsby.
También destaca enormemente el talento técnico y expresivo de todo el elenco. Aunque el número de intérpretes sobre escena no resulta masivo, el espectáculo nunca pierde fuerza ni sensación de amplitud. Al contrario, los bailarines consiguen llenar el escenario con absoluta solvencia. Me quedo con imágenes escénicas realmente hermosas, de esas que permanecen en la memoria más allá del argumento.

La danza como lenguaje principal
La coreografía mezcla distintos estilos —ballet, jazz y claqué— aunque el ballet termina convirtiéndose en el lenguaje predominante de la propuesta. Y precisamente ahí reside una de las mayores singularidades del espectáculo: observar movimientos y estructuras propias del ballet dialogando con ritmos y músicas que no suelen asociarse a este tipo de danza.
La puesta en escena parece querer moverse siempre entre la elegancia y el exceso, igual que el propio universo Gatsby.
Música en directo con alma propia
La música en directo aporta gran parte de la energía emocional del espectáculo. La banda, visible sobre el escenario, no funciona únicamente como acompañamiento sino como parte activa de la narración.
Especial mención merece la cantante Greta Marcolongo, cuya entrega interpretativa termina integrándose de forma natural con el elenco. No se limita a cantar, ella interpreta, impulsa y acompaña dramáticamente cada escena hasta el punto de sentirse una presencia más dentro de la historia. Su energía atraviesa todo el espectáculo.
El gran punto débil: la comprensión narrativa
Sin embargo, la propuesta también presenta una debilidad importante. Quien no conozca previamente la historia de El Gran Gatsby probablemente tendrá dificultades para comprender exactamente qué está ocurriendo sobre escena.
Los diálogos son mínimos y, además, están en inglés, por lo que la narración depende casi por completo de la capacidad del espectador para reconocer previamente las relaciones y conflictos entre personajes. La obra emociona visualmente, pero no siempre consigue explicar dramáticamente.
No parece un problema de falta de talento (porque el nivel artístico es muy alto) sino una decisión de lenguaje escénico, simplemente se ha decidido que la prioridad es la atmósfera, el impacto visual y la emoción estética por encima de la claridad narrativa.
Un espectáculo elegante y ambicioso
El vestuario y los decorados terminan de consolidar la sensación de estar ante una producción cuidada y ambiciosa. Todo respira calidad, desde la iluminación hasta la composición visual de las escenas.
El Gran Gatsby – El Show no busca ser una adaptación literal ni didáctica de Fitzgerald, sino una reinterpretación sensorial de su universo. Y cuando la danza, la música y la imagen se alinean, consigue momentos realmente hipnóticos.
Valoración Kultureta
4 de 5
El Gran Gatsby – El Show no busca ser una adaptación literal ni didáctica de Fitzgerald, sino una reinterpretación sensorial de su universo. Y cuando la danza, la música y la imagen se alinean, consigue momentos realmente hipnóticos.

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