¿Qué se puede decir de Lola Herrera que no se haya dicho ya? Pues que después de verla en ‘Camino a la Meca’, solo podemos decir: «¡Yo de mayor quiero ser como ella!». A sus 90 años, la Herrera no solo pisa el escenario; lo domina, lo habita y nos regala una interpretación fantástica que te deja con el corazón en un puño.
Bajo la dirección del maestro Claudio Tolcachir, esta obra de Athol Fugard nos cuenta la historia inspirada en Helen Martins, una mujer que decidió que su libertad no tenía fecha de caducidad.
Camino a la Meca cuenta con una química brutal entre las protagonistas
El peso de la obra recae sobre dos titanes: Lola Herrera y su hija, Natalia Dicenta. La química entre ambas es, sencillamente, brutal. Se nota la complicidad, el cariño y esa verdad que solo se consigue cuando la historia se siente real y auténtica.
Junto a ellas, Carlos Olalla hace un trabajo estupendo, pero el alma de la función es ese duelo interpretativo femenino que nos mantiene pegadas a la butaca.

El derecho a decidir cómo envejecer
Lo que más nos ha gustado de ‘Camino a la Meca’ es el mensaje tan necesario que lanza: ¿Por qué dejamos de ser libres de decidir cuando nos hacemos mayores?
La obra reflexiona de forma valiente sobre la autonomía en la vejez. En lugar de aceptar el destino impuesto de ir a una residencia o de vivir como los demás esperan, la protagonista lucha por acabar su vida como ella quiere, rodeada de su arte, de su luz y de su propia libertad.
Es una historia sobre la valentía de ser fiel a uno mismo hasta el último aliento.
VALORACIÓN KULTURETA
🍺🍺🍺🍺🍺 (5/5 jarras. Imprescindible)
«Lola Herrera se saca el sombrero (y nosotras con ella). ‘Camino a la Meca’ es una obra bellísima, real como la vida misma y un recordatorio de que la libertad no entiende de generaciones. Ver a Lola darlo todo en el escenario con 90 años es el mayor espectáculo del mundo.»

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